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Las sesiones de terapia de Gil son 50 minutos "libres" que me dan tiempo  para apresuradamente hacer algún pendiente como ir al banco, al mandado, responder un correo o para sentarme a leer.  Y en ocasiones han sido momentos para conversar con otras mamás.

 

Un día mientras yo estaba sentada leyendo se acercó y sentó a mi derecha  una señora y me preguntó: “¿Cómo se llama tu niño?”  Era una mamá que acababa de dejar a sesión de terapia a su hijo que también tiene Síndrome de Down, nos habíamos visto en esos momentos cortos en que entregamos a nuestros hijos a las terapeutas, pero esa era la primera vez que entablábamos conversación.

Fueron los 50 minutos que más inspiración me han dado.

 

Me contó sobre sus hijos, uno con síndrome de Down y su hijo mayor  con autismo severo. Y mientras ella me platicaba de sus circunstancias lo hacía con una sonrisa, en un tono de voz  sosegado.  Los detalles de su vida en ese momento que me los platicó eran de causar preocupación,  noches de insomnio y quizá de decir: “¿Por qué es tan injusta la vida?”, pero ella no lo tomaba así.  Simplemente dijo: “estas son la pruebas que debemos superar”.

 

Las pruebas que le tocó a su familia superar no fue lo que causó una impresión en mí, fue la dedicación y convicción con que las que ella como mamá las  superaba. El amor incondicional que entregaba a sus hijos, la falta de queja que tenía, y  la manera tan ecuánime con la que hablaba  acerca de factores y personas que le habían fallado.

 

Cuando dijo :“¿pero qué no hacemos por el bien de nuestros hijos? Tu aquí estas, te veo como tratas a tu hijo. Todo lo hacemos por ellos”.  En ese momento me sentí acogida por alguien que yo vi como una súper héroe, una mujer invencible. Que ella tuviera la calidez de considerarme buena mamá fue  el mejor regalo que me pudo haber obsequiado.

 

Ese día quizá ella necesitó desahogarse  con alguien, decir en voz alta todo el caos que la rodeaba. Quizá mi silencio y aceptación de lo que compartió fue algo que le sirvió para continuar con su prueba a superar. Lo que es seguro es que escucharla hablar con tanta tranquilidad y seguridad en lo que tenía que hacer fue algo que me sirvió a mí para hacer paz con el caos que llevaba paseando yo; “¿es suficiente lo que estamos haciendo, ocupa Gil más terapias, estoy haciendo bien en pedirle que se esfuerce, seré  mala mamá?”.

 

Ese día entendí por completo los refranes que dicen: “no sabes la batalla que cada quien pelea” , “haz lo mejor que puedas”.

Todas las mamás tenemos esos momento en que creemos no estamos haciendo suficiente por nuestros hijos y caemos en el vicio de sentirnos las villanas del cuento o las víctimas de nuestras circunstancias, pero al final todo pasa . Todas perseguimos el mismo fin, lo mejor para nuestros hijos.  Poder reconocer eso no solo en nosotras mismas sino en otras mamás, es algo que nos da fuerza para seguir superando cualquier prueba que se nos ponga en el camino.

 

 

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