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Después del Diagnostico

June 13, 2016

 

El día que confirmaron el diagnóstico de Síndrome de Down es uno que queda en mi memoria como tarjetas de momentos. Recuerdo las palabras del Doctor, mas no recuerdo su rostro.  Recuerdo salir del consultorio y al estar acomodando a Gil en su porta bebés una enfermera de unos 60 años se nos acercó, nos abrazó a mi marido y a mí y nos dijo “esto es una bendición, su bebé es un regalo”, pero no recuerdo su nombre.  Recuerdo llegar a la casa en donde nos esperaba mi familia, ver el rostro de preocupación de mi mamá, pero no recuerdo qué me dijo. Un abrazo lleno de amor  que me dio mi hermano, pero no recuerdo para quien era más su preocupación, para mí o para Gil.

 

Lo que antes había sido una espera llena de adivinanzas de cómo sería Gil:  ¿a quién se parecerá?, ¿será un bebé tranquilo?, ¿qué tipo de papás seremos?, de pronto se volvió una espera de incertidumbres: ¿Qué le decimos a la gente, a nuestra familia extendida, a los amigos? ¿Qué hacemos ahora? Y poco a poco nos fuimos convirtiendo en los papás que Gil ocuparía. “No tenemos por qué decir nada, si quieren saber que pregunten”. “Todos lo van a querer, y el que lo rechace o se burle de él, ya se las verá”.

 

¿Qué hicimos? Disfrutamos a nuestro bebé recién nacido, tomamos mil y un fotos y vídeos, le conocimos todos sus ruidos y gestos. Lo amamos.

 

Así empezamos el camino de aprender a ser papás, igual que cualquier otros papás, de cualquier otro bebé. La diferencia siendo que tomábamos mas nota de pequeños detalles, ¿esta pudiendo succionar bien su leche? ¿Está concentrando la mirada en algo fijo? ¿esta  evacuando correctamente? ¿Llora lo suficiente?

 

Y un día mi mamá me dijo “ya es hora de ver a donde van a ir para estimulación temprana”. Tendría Gil unas cuatro semanas de nacido, y  lo único que yo quería hacer era estar en mi casa con mi hijo, donde nadie lo podría ver feo, donde yo le pudiera enseñar lo que ocuparía, donde estaba rodeado de amor las 24 horas del día.

 

Otro día me dijo mi marido “¿Qué sigue, a dónde vamos?” y yo respondí “no sé, solo quiero estar aquí”.  Pero no podía, yo tenía que regresar a trabajar, y Gil tenía que empezar a aprender con el apoyo de gente que sabía lo que hacía.

 

Un día recibí un correo de un amigo preguntando como estaba todo, y él fue la primera persona fuera de mi círculo de queridos a quien le dije que mi hijo tiene Síndrome de Down. Al día siguiente me llamó por teléfono, me preguntó primero como estábamos mi marido y yo, luego preguntó por Gil, y me dijo “esto es lo que vas a hacer: apunta este número de teléfono es mi tía trabaja en neurodesarrollo, estimulación temprana, haz la cita para la próxima semana, ponte a trabajar ya”.

 

La primera sesión de estimulación temprana para Gil fue cuando tenía 7 semanas de nacido. Lloramos mucho él y yo, mi esposo nos dio la fuerza para terminar la sesión, la doctora nos dio la seguridad que estábamos haciendo lo mejor para él.  Y de ahí no ha habido marcha atrás. La vida de Gil ha consistido de terapias, frustraciones, clases, vacaciones, berrinches (de él y míos), victorias, descansos, aprendizaje. Pero sobre todo de mucha gente con mucho amor.

 

 

¿Ustedes como tomaron el diagnostico de Síndrome de Down?

¿Como compartieron la noticia con sus seres queridos?

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