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  • Sandra R.

Un abrazo, una promesa


El día que nos confirmaron el diagnostico de síndrome de Down de Gil al regresar del consultorio del Pediatra nos esperaban mi mamá y mi hermano en nuestra casa. Veníamos aun sensibles de recibir la noticia, con mil inquietudes girando en nuestras cabezas y realmente lo único que yo pude decir fue “si, tiene síndrome de Down”.

La respuesta de mi familia fue “¿Qué sigue, que hacemos, que necesitan?”, fueron un apoyo incondicional.


En un momento que de pronto la conversación se volvió abrumadora para mi me ausente de la sala en la que estábamos todos y me dirigí a cambiarle el pañal a Gil. Sergio, mi hermano me siguió.

Me dijo: -Lo siento tanto, ustedes no se merecían esto.

Me dio un abrazo y me deshice, lloré. Dejé salir el sentimiento en sus brazos.

-¿NOSOTROS?, ¿nosotros qué?... El mundo será cruel con él. Él no se merece eso.

-Pero nosotros lo vamos a cuidar. Lo vamos a apoyar siempre.


Mi mayor temor siempre fue el trato que mi hijo recibiría del mundo. No lloré la ausencia de un hijo “normal” y afortunadamente Gil nació bendecido con buena salud así que eso no era un temor en esos momentos. Nuestras familias no lo rechazaron, nuestras amistades no se escondieron de nosotros, pero ¿el mundo? la gente ajena a nosotros ¿qué le harían a mi hijo?


Dos semanas después de esta conversación con mi hermano nos cayó de sorpresa a mi casa porque quería presentar a su sobrino. Llegó con unos amigos y dijo: “ahí está, él es Gil”, y Síndrome de Down no fue mencionado.

Mi hermano observaba a su sobrino que dormía cómodamente en su moisés, “miren esos cachetotes” y sus amigos hicieron los comentarios cordiales “que lindo está”. A la fecha no sé si sus amigos notaron algo en esa primera introducción a Gil, no sé en qué momento mi hermano les habrá dicho que Gil nació con Síndrome de Down. Lo que sí sé es que ha cumplido con su palabra de aquella primera conversación, siempre lo ha cuidado del mundo a su alrededor.


Unos como padres de un hijo con síndrome de Down nos podremos acostumbrar al trabajo extra que se requiere en todos los días. Las terapias y clases requeridas se vuelven nuestro modo de vida. Las consultas con una gran variedad de médicos se vuelven rutina. Pero a lo que nunca nos acostumbramos es a la manera en que la sociedad le puede llegar a fallar a nuestros hijos.

Desde una mirada que no transmite curiosidad sino desaprobación hasta un comentario hecho quizá sin malas intenciones, los papás, familias y amistades tratamos de amortiguar los golpes más duros, porque así como mi hijo no pidió ser “diferente” tampoco tiene porqué recibir el impacto negativo de otras personas.


Mi hermano ha llegado a decirme “no seas exagerada” cuando estamos en un restaurante o un lugar publico y yo me comporto como un agente secreto siempre en alerta por cualquier cosa que pueda pasar.

En ocasiones mi hermano le pedirá algo a Gil que Gil no puede hacer sin apoyo y me preguntará: ¿pero por qué no puede? Y mi reacción inmediata medio irritada es: “pues porque se le dificulta!” y después pienso, él no ve síndrome de Down, ve a Gil.


Desde luego el mundo puede ser cruel y nos da lecciones en forma de patadas que lastiman, pero teniendo el apoyo de nuestros seres queridos, sabiendo que contamos siempre con un abrazo incondicional, duele un poco menos.


Gracias Sergio por ser porrista, por ver a tu sobrino por la persona que es.



#ÁmbitoSocial #Familia

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