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  • Sandra R.

No pierdas a tu niño interior


Tengo 37 años y me siento en ocasiones de 15. Tengo un hermano mayor al que le digo “niño”. Tengo a mi madre a la cual demuestro mis momentos más débiles y busco sus cariños. Tengo a mis amigas que nos seguimos viendo como las niñas de cuando estábamos en la secundaria. Tengo un grupo de amigas que vamos en edades desde 34 hasta pasados los cuarenta y cuando estamos juntas las risas son carcajadas. Tengo amistades arraigadas que nos hemos visto pasar de adolescentes a adultos y nos quedamos sorprendidos cuando caemos en cuenta que somos “adultos”.


Soy muy afortunada, soy una persona que tiene el corazón lleno de agradecimiento hacia todos ellos.


Nos mantenemos jóvenes del alma, nos recordamos quieres éramos y quienes queríamos ser cuando éramos niños.


Esa, creo yo, es la clave de no perder a mi niño interior. Recordar las emociones cuando jugaba con los amigos, recordar el orgullo que me llenaba cuando mis padres me decían: “te quiero”, “lo hiciste muy bien”.


En los días en que estábamos en espera de la llegada de Gil, su papá y yo teníamos esas conversaciones típicas de: “¿Qué tipo de papás crees que seamos?” e inevitablemente ocurría un momento en que decíamos: “no voy a hacer como lo hizo mi papá/mamá, que me regañaba por no limpiar mi cuarto, que no se fijaba cuando acertaba en algo” etc. Qué inocentes éramos.


¿A ustedes no les dijeron alguna vez sus padres: “Cuando tengas hijos entenderás”? Claro que sí! A todos nos tocó oír esas palabras durante nuestra niñez y aún más en la adolescencia.


Mamá, papá, ahora entiendo todo.


No es fácil, nada de ser padre es fácil. Tener que salir a cumplir con un trabajo para poder sustentar a tu familia. Estar cansado y agobiado por las crueles verdades del mundo, y en ocasiones no tener la paciencia y alegría para compartirla con tu hijo que solo quiere hacerte sonreír.


Mi papá tenía una rutina los domingos; se levantaba temprano y salía de casa. En ocasiones iba a misa, en ocasiones iba a ver un juego de baseball. Regresaba a casa con el desayuno para nosotros, regresaba a casa cargado de energía para compartir con su familia. Esa era su manera de mantener a su niño interior vivo.


Si hablamos específicamente de una familia con un hijo con necesidades especiales es un poco más de trabajo no perder a tu niño interior, por lo menos lo fue en el caso de nuestra familia.

Tienes una lista de pendientes siempre constante en tu vida, tienes el peso del futuro de tu hijo en tus hombros. Y en muchas ocasiones con quien te desquitas es contigo mismo.


Yo tuve un periodo en que me dejé agobiar de más, en que se me olvidó sonreírle a la vida. El trabajo de escuela de Gil, las terapias de Gil, el trabajo en casa requerido para Gil fue tortura para los dos. Nadie lo disfrutaba, no había risas mezcladas con las frustraciones del día. Me tomé el papel de “Adulto y mamá especial” demasiado en serio. Encerré a mi niña interior en un cuarto y la castigué.

Hasta el día en que me di cuenta que la rutina de las mañanas empezaba con Gil preguntándome: “¿mamá hoy estas enojada?”.


Tomamos un descanso de terapias, dejé de querer mejorar la situación perdida en su escuela, dejé de pedirle perfección en su trabajo en casa, nos dimos vacaciones. Y sí, hubo cosas que se perdieron en esas vacaciones, no se puede tener siempre todo, pero Gil dejó de estar preocupado por si estaba enojada. Yo dejé de estar enojada, le quité el castigo a mi niña interior.


Lograr un equilibrio como adulto no es fácil, al contrario, es facilísimo perderte en la búsqueda de ese balance, pero siempre hay algo que da alegría, algo que nos hace regresar. Algo que nos llena el alma y nos permite ver al mundo con la misma emoción con la que lo hacen nuestros hijos. Búscalo, protégelo.


Deja vivo al niño que llevas dentro de ti.

#VidaDiaria #EscueladePadres

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