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  • Sandra Reyes

Carta de una hija


El segundo apellido de mi papá era Gil, de ahí viene el nombre de mi chaparro. No es Gilberto como muchos piensan, es Gil en honor a él.


Uno de los mayores deseos de mi papá era ser abuelo, le hubiera quedado muy bien el papel. Fue un hombre sumamente cariñoso con mi hermano y conmigo, y me puedo imaginar la alegría y amor con que hubiera recibido a Gil y a mi sobrino.


Gil nació tres años después de que mi papá falleciera. Mi mamá y yo en ocasiones decimos que mi papá regresó en él, Gil tiene gestos y manías que son muy representativas de su abuelo materno, desde su sonrisa pícara, su sensibilidad, hasta la manera en que se sienta a ver una película. Cuando veo en mi hijo un destello de mi papá me llena de mucha alegría pensar que aunque no se conocieron en esta tierra quizá en alguna constelación se encontraron.


Cuando se habla de una persona con síndrome de Down la gente tiende a generalizar muchas de sus cualidades, “son muy alegres, muy leales, son tiernos”. Un día cuando Gil tendría unos 3 años le preguntamos a Lili (una de sus terapeutas) “¿Qué tanto le podemos atribuir a síndrome de Down lo que es Gil?” Era una etapa en la que su personalidad empezaba a ser más clara, cuando él tomaba más autonomía, y queríamos entenderlo mejor. La respuesta de Lili fue sencilla “él es Gil. Sí, tiene características comunes a las personas con síndrome de Down, pero cuando hace corajes, cuando esta triste, cuando hace una broma, es porque así es él”.

Fue un momento en que nosotros como padres de un niño con necesidades especiales nos percatamos de lo fácil que es caer en los estereotipos, lo fácil que puede ser dejarse llevar por una condición. A partir de ahí fuimos más conscientes en tratar de entenderlo por él mismo; un niño que en su momento era el único nieto para mi mamá, el nieto más cercano para sus abuelos paternos, el niño consentido por las maestras de su escuela, el niño con una mamá que lo pone a hacer tareas adicionales, un niño tímido con una gran imaginación.


Me di cuenta de algunas de sus cualidades y características que en broma decimos su papá y yo “le salió lo Reyes”. Vi que la misma conexión que mi papá y yo tuvimos donde con una sola mirada él sabía lo que yo estaba sintiendo, existe entre Gil y yo.

Ahora comprendo lo que mi papá sentía cuando me veía triste, cuando me vea feliz, y cuando me veía temerosa. Mi meta es poder tener el mismo impacto en una sola mirada como lo tenía mi papá, donde con un solo gesto me daba lo que como hija requería en un momento dado.


Gil tiene tanto de mi papá que le hace honor a su nombre, y también tiene tanto que es de él mismo que haría muy orgulloso a su abuelo.


Se acaban de cumplir 13 años de la partida de mi papá, y como muchos entenderán el perder a un padre o madre es algo que te cambia. En mi caso me hizo perder un poco a mi niña interior (que estoy segura no le agradaría a mi papá) pero fue también algo que me dio fuerza, fe en mí, e inevitablemente son cualidades que me han sido de mucho uso en estos años subsecuentes. He tenido que enfrentar pruebas que la vida me ha puesto y quiero pensar que mi papá estaría orgulloso de mí y de lo que he hecho con mi vida.


Y estoy completamente segura mi papá estaría más que orgulloso de su nieto al ver todo lo que ha logrado en sus cortos 10 años.


¿Ustedes que han sentido al ver evolucionar la personalidad de sus hijos?

#Familia

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